Un sabor agrio, que procedía de dentro, invadió sus labios que acabaron el día completamente regados. “Y yo me pregunto por qué tantas nuevas personas dejan de bañarme con dulzor el paladar. Hay días en que odio esta enfermedad tan ingrata”. Los momentos de pesimismo no perduraban más de unos minutos. Era justo después del amargor cuando apretaba suavemente el play, cerraba con fuerza los ojos, tanto que dolía, para después abrirlos lentamente hasta encontrar su tamaño más grande. Esperaba y esperaba, repetía el movimiento una y otra vez, porque era optimista. Finalmente, no le quedaba otra, se daba por vencido. Esta extraña sensación no cruzaba la frontera de sus labios. Seguía sin ver castillos al son de la melodía. Entristecía la noche y mantenía la esperanza de que fuera a la siguiente cuando por fin enfermara de gravedad.

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